Madre, estoy sintiendo frío,
desnudo el viento me muerde;
los jardines de esta patria
lloran neveros de muerte.
Tengo hambre de esta tierra,
y sus señores no quieren
sembrar luz en las orillas
ni el los caminos laureles.
¡Calla, niño!, si te oyeran
los que del oscuro vienen,
trozarían con espadas
tus olivos y tus mieles,
cortarían de tu pecho
la flor roja de tu vientre,
sofocando, en esta siega,
el color gris de tus sienes.
Pero, madre, tengo sed
de soles que no calienten
los raigones de aquel árbol
nacido sin que lo siembren.
¡Calla, niño! que ellos tienen
escopetas y lebreles
y mansos perros que dictan
silencios y duras leyes.
Yo tengo, madre, clavadas
esencias de aires silvestres,
y estrellas de oro que cantan
y avivan mi cuna inerte.
Los oscuros, por el prado,
a sangre llamando vienen.
Las flores callan al paso
de embravecidos jinetes.
Llora su pena la flauta,
llora el río su agua verde;
temblores de luna escapan
por la azulada pendiente.
Junto al estero de juncos
tarde y noche palidecen
y vuelan, desconsolados,
cielos, sueños, y laureles.
Acorralando la brisa
la vida, contra poniente
cortan la roja amapola
de la entraña de su vientre.
Gime la noche sombría.
Entre sentidas paredes
oro y polvo, sangre llora
la madre de aquel valiente.